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Levy Yeyati: “Ni el peronismo unido ni el gasto electoral pudieron dar vuelta el resultado»

Fuerte análisis del economista tras el resultado de las elecciones legislativas. Cree que los cambios en el Senado alentarán una mayor inflación y consideró que lo que se vio el domingo "refleja el hartazgo con el modelo de pobreza inclusiva”.

Artículo original publicado por Martín Kanenguiser en Infobae, el lunes 15 de noviembre de 2021.

El economista Eduardo Levy Yeyati afirmó que “el Gobierno necesita que la inflación siga subiendo” y advirtió que no debería dilatar los tiempos para firmar un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI).

“El peronismo sabe que una crisis financiera es kriptonita política y podría significar el fin de su gobierno”, expresó en una entrevista con Infobae, en la que, luego de conocerse el cambio de la composición en la Cámara Alta, afirmó: “La pérdida de la mayoría genera un cambio en la composición del financiamiento del gasto: menos aumentos de impuestos, que requieren apoyo legislativo, y más dependencia del Banco Central, es decir, de la inflación”.

Por otro lado, indicó que “algún analista dirá que repartir dinero tuvo dividendos para el Gobierno en la tercera sección electoral metropolitana; prefiero pensar que ni el peronismo unido ni el gasto electoral pudieron dar vuelta un resultado nacional que refleja el hartazgo con el modelo de pobreza inclusiva y el reclamo de que el Estado no sea un buen samaritano, sino un creador de oportunidades y de progreso social”.

“El riesgo que veo es que el gobierno dilate los tiempos en la creencia de que un default implica un costo para el Fondo o que puede negociar excepciones políticas”, expresó en una entrevista con Infobae el decano de la Escuela de Gobierno de la UTDT y autor del libro “Dinosaurios & Marmotas”, entre muchos otros -de ficción y no ficción-.

Este doctor en Economía de la Universidad de Pensilvania que tiene 55 años y es investigador de la Brookings Institution y docente en Harvard, entre otras entidades internacionales, indicó que un giro del gobierno tras las elecciones “sin convicción, forzado por las circunstancias, sería percibido como transitorio y reversible en el futuro”.

— ¿Qué perspectivas se abren para la economía luego de que en estas elecciones el gobierno ya no tendría mayoría en el Senado?

— Me sorprendería un cambio hacia menos intervencionismo y proteccionismo, por razones no sólo ideológicas, sino también prácticas: un giro sin convicción, forzado por las circunstancias, sería percibido como transitorio y reversible en el futuro. Por lo tanto, no tendría la respuesta esperada en términos de inversión, empleo y tranquilidad cambiaria. Lo que la pérdida de la mayoría generaría es un cambio en la composición del financiamiento del gasto: menos aumentos de impuestos, que requieren apoyo legislativo, y más dependencia del Banco Central, es decir, de la inflación. Siempre podrían ganar espacio fiscal mejorando la eficiencia del gasto, pero lo dudo: la capacidad de gestión del gobierno es muy pobre y seguramente lo será aún más con la libanización política que trae la derrota. Por eso, imagino un período de crecimiento per cápita cercano a cero, con una mejora marginal de los indicadores sociales a medida que se disipan los efectos de la pandemia. Y, probablemente, una profundización de los desequilibrios y rezagos, sobre todo de tipo de cambio y tarifas, que tendrán algún ajuste, pero seguirán siendo las dos tenues anclas de la inflación. Todo frágilmente atado por la expectativa de un recambio de gobierno en 2023 que, espero, contenga la diáspora de los últimos dos años.

— ¿Qué opina del resultado en la provincia de Buenos Aires?

— Algún analista dirá que repartir dinero tuvo dividendos para el Gobierno en la tercera sección electoral del conurbano; prefiero pensar que ni el peronismo unido ni el gasto electoral pudieron dar vuelta un resultado nacional que refleja el hartazgo con el modelo de pobreza inclusiva y el reclamo de que el Estado no sea un buen samaritano, sino un creador de oportunidades y de progeso social”.

— ¿Será 2022 un año de aceleración inflacionaria por el sinceramiento de algunos precios hoy congelados?

— La inflación futura ya tiene una herencia de rezagos. Si el dólar y las tarifas dejaran de atrasar, tendríamos más inflación. Si, además, recuperaran lo perdido, la inflación sería aún más alta. Sumemos a esto los precios congelados, que no son más que inflación postergada. Y, si bien es cierto que la inflación de hoy refleja en parte la emisión en la cuarentena de 2020 y que ese efecto no debería ser permanente, aún no hemos visto el impacto de la emisión electoral, ni las necesidades de financiamiento monetario en 2022, que mencionaba antes. Finalmente, no hay que olvidar que la inflación argentina es inercial: una vez que sube un escalón por algún impulso transitorio, ya sea emisión, costos o traslado cambiario, difícilmente lo baje cuando el impulso desaparece. Nuestra inflación tiene histéresis, es decir, memoria de su propia historia.

— ¿Qué herramientas debería usar el Gobierno para evitar una disparada en ese caso?

— Le quedan pocas. El dólar oficial debería corregir para preservar las reservas. Las tarifas deberían ajustarse para reducir subsidios y contener el déficit fiscal. El Banco Central no tiene voz y un acuerdo de precios y salarios a esta altura no tendría credibilidad. Por otro lado, el Gobierno necesita que la inflación siga subiendo. Con el 50% del gasto indexado a la inflación pasada, el ajuste fiscal de 2021 fue el retraso temporal de los salarios y del gasto social por la aceleración de la inflación, que no hizo más que postergar el gasto fiscal un año. Si la inflación cayera, el Tesoro no sólo tendría menos transferencias del Banco Central, sino también más gasto real, y el déficit se volvería impagable. Esta no deja de ser una ilustración más de que la política económica del gobierno es esencialmente un ejercicio de postergación.

— ¿Imagina un camino de moderación o de radicalización por parte del oficialismo?

— No veo margen para la radicalización. Creo que el Gobierno entiende que no hay margen para la radicalización y que una crisis financiera es kriptonita política y podría significar el fin de su gobierno. Por otro lado, el problema de la moderación es que, si no es creíble, no genera ningún efecto virtuoso. Me cuesta ver cómo elaboran la tensión política interna, pero no descartaría un camino que no sea ni una cosa: el equilibrio accidental de fuerzas contrapuestas sin un liderazgo claro.

— ¿Creés que se llegará a un acuerdo con el FMI? ¿Qué mejoraría en ese caso y qué pasaría si no se firmara?

— Creo que en economía no hay escenarios de probabilidad cero, pero que un default con el Fondo es de bajísima probabilidad. Si bien un acuerdo de conveniencia, para refinanciar hasta 2024 y sin condicionalidades políticamente sensibles no sumaría mucho a la economía, un default podría ser la gota que derramara el vaso del stress financiero, y quiero creer que el gobierno es consciente de esto. Por ahora, la pelota está de este lado: es el gobierno quien tiene que proponer un programa para el que aún no tiene consenso interno. El riesgo que veo es que el gobierno dilate los tiempos en la creencia de que un default implica un costo para el Fondo o que puede negociar excepciones políticas. No es aconsejable jugar a la gallina cuando quien conduce el otro auto es un autómata.

— ¿Qué condiciones puede llegar a exigir el FMI para firmar un programa y cuan viables son en este contexto político complejo?

— En los papeles, el país que solicita asistencia propone un programa financiero y fiscal, y el Fondo determina si este programa es sostenible. En la práctica, la definición y evaluación de la sosteniblidad no es única y, en más de una ocasión, las proyecciones son expresiones de deseo. Por ejemplo, es muy común que la consolidación fiscal enfrente restricciones políticas y el país deba refinanciar nuevamente el programa. En todo caso, las condiciones del acuerdo deberían basarse en las acciones que el propio gobierno propone para obtener los recursos proyectados en el programa. Por ejemplo, se suelen fijar metas de balance fiscal y de piso de reservas para garantizar la capacidad de pago en divisas. Esto implicaría, por ejemplo, un ajuste de tarifas para recortar subsidios, y un menor atraso cambiario para preservar reservas y mejorar el balance externo. ¿Es viable? Me parece que la pregunta relevante es si hoy hay alternativa. Creo que un default con el FMI no está en los planes de nadie con poder de decisión en el oficialismo; de hecho, el acuerdo es posiblemente la única noticia económica positiva hoy al alcance del gobierno. De no mediar accidentes, seguramente encontrarán alguna combinación para avanzar con un acuerdo poco ambicioso que despeje el fantasma de una nueva crisis financiera.

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