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Plan Austral: a 37 años de la última estrategia de ajuste heterodoxo para bajar la inflación

Detalles del respaldo de EEUU, la resistencia del FMI, las disputas con el PJ y la desconfianza de la UCR al ministro Juan Sourrouille. Algunas similitudes con la situación macroeconómica local e internacional. El fracaso por la falta del apoyo político. 

Artículo original publicado por Martín Kanenguiser en Infobae, el 19 de junio de 2022.

El gigantesco presidente de la Reserva Federal tenía sus piernas cruzadas sobre el escritorio de una sala de reuniones del edificio del Fondo Monetario Internacional. Paul Volcker fumaba sus cigarros Avanti de un dólar, los mismos que deleitaban al director de cine Francis Ford Coppola, mientras el ministro de Economía Juan Sourrouille escribía una serie de ideas y números con una tiza en un pizarrón.

A Sourrouille le agradaba la humildad de este funcionario de 2,08 metros de altura, nacido en 1927, que como subsecretario del Tesoro en la administración Nixon participó en la liberación del dólar del patrón oro en 1973 y que, seis años más tarde, desde la Reserva Federal comenzó a subir las tasas reales minoristas hasta llevarlas al 22% anual con la intención de reducir la inflación durante el gobierno de James Carter.

El resultado del ajuste fue fulminante: el índice de precios en los EE.UU. bajó del 13,5% en 1980 al 6,2% en 1982, pero al costo de duplicar el nivel de desempleo en el mismo período. A tono, con el escenario de austeridad, Volcker viajaba en la clase turista de los aviones, habitaba un modesto departamento en el centro de Manhattan y solía comer -en restaurantes poco sofisticados- hamburguesas que siempre le dejaban alguna mancha en sus camisas.

Era el 15 de abril de 1985, a las 17, y en la pequeña sala también estaban el director-gerente del FMI, Jacques de Larosiére; el secretario del Tesoro de Estados Unidos, James Baker III, y su asistente David Mulford. La delegación argentina se completaba con los principales negociadores del equipo económico, Mario Brodersohn y José Luis Machinea, doctorados en Harvard y Minnesota, respectivamente.

A Brodersohn le causaba cierta gracia el esfuerzo que hacía Sourrouille por hacerse entender con sus complicados gráficos en el pizarrón.

Mientras que a Brodersohn le causaba cierta gracia el esfuerzo que hacía Sourrouille por hacerse entender con sus complicados gráficos en el pizarrón, Machinea se sentía orgulloso por formar parte de una negociación tan importante. “La pucha, Machinea, pensar que saliste de Puerto Madryn y ahora estás acá”, se regocijaba el ex gerente de Finanzas Públicas del Banco Central en los ‘70 y futuro ministro de Economía en el gobierno de la Alianza.

Durante 90 minutos, el ministro habló sin sufrir interrupciones. El gobierno, según sus palabras, aplicaría un plan para reducir fuertemente la inflación sobre la base de un esquema de congelamiento de precios y salarios, junto con el cambio del Peso por el Austral y el compromiso de frenar la emisión monetaria

Sourrouille se dio el lujo de anticipar hasta los detalles más precisos del lanzamiento: el 17 de junio Alfonsín convocaría a combatir la emergencia, luego de declarar la “economía de guerra”. Pero la estrategia de producir un “shock heterodoxo” no convencía para nada a De Larosiére, debido a la incapacidad política del gobierno argentino para acotar el rojo fiscal y, sobre todo, el déficit cuasi fiscal, que reflejaba las pérdidas generadas por las operaciones de regulación monetaria del Banco Central.

Aunque en términos anualizados la inflación se ubicaba en el 2.300%, las autoridades económicas auguraban que el país podía alcanzar el resultado inverso al denominado “efecto Olivera- Tanzi”.

Sourrouille se dio el lujo de anticipar hasta los detalles más precisos del lanzamiento: el 17 de junio Alfonsín convocaría a combatir la emergencia, luego de declarar la “economía de guerra”.

El argentino Julio Olivera y el italiano Vito Tanzi, mítico técnico del Fondo Monetario, postularon que, cuando se produce un período de alta inflación, la recaudación tributaria resulta afectada en términos reales por la pérdida de valor que se registra entre la gestación y el cobro de un impuesto. De este modo, la caída en los ingresos fiscales obliga al Estado a aumentar el nivel de emisión monetaria y, por lo tanto, a convalidar una suba mayor en el nivel de precios.

Si el plan Austral lograba una rápida reducción de la inflación, la recaudación real se recuperaría para sostener el crecimiento económico. Después de describir el programa, se produjo el momento más tenso del encuentro cuando Sourrouille planteó la necesidad de firmar un programa “falso” con el FMI que incluyera un leve ajuste, ya que los bancos comerciales no brindarían su apoyo si el organismo multilateral previamente no colocaba su propia huella digital en el pacto.

Luego se daría a conocer el plan oficial y, con la seguridad de contar con nuevos fondos externos, el gobierno estaría en condiciones de firmar un acuerdo más exigente con Washington. Jacques De Larosiére saltó de su asiento y advirtió que “era imposible” que el board que conducía aprobara un programa apócrifo para cambiarlo por otro verdadero a los pocos días. Sin inmutarse por los gritos del funcionario francés, Paul Volcker observó durante unos segundos a Juan Sourrouille y dejó en claro que apoyaba la arriesgada táctica argentina:

— Si estos muchachos creen que debemos hacerlo de esta manera, hagámoslo.

El jefe de la Reserva Federal, Paul Volcker, ayudó a la Argentina a lanzar en secreto el Plan Austral, mientras el jefe del FMI, Jaques De Larosiére, se resistía.

El FMI nunca perdonó esa actitud de Volcker. “¿Cuánto más dura puede ser la política monetaria?”, preguntaba Volcker a los integrantes del Fondo, con el estigma de haber provocado algunos años antes la pérdida de cientos de miles de empleos en los Estados Unidos a sangre fría.

La misión

El 26 de marzo de 1985 aterrizó en Buenos Aires el jefe del caso argentino en el Fondo, Joaquín Ferrán, junto con su staff. El “irascible catalán”, como lo llamaban sus colegas en la intimidad de Washington, logró provocar un fuerte odio tanto en el primer ministro de Economía de Alfonsín, Bernardo Grinspun, como en Sourrouille, por su resistencia a convalidar en forma automática las órdenes de sus jefes políticos en Washington. Durante tres semanas, la misión del organismo multilateral discutió el ajuste, con el ingenuo objetivo de incluir mecanismos de emergencia por si el plan fallaba en contener la emisión monetaria y bajar la inflación; en la misión estaba un joven economista que décadas más tarde se transformaría en una pieza clave del FMI y de la relación con la Argentina: David Lipton.

En aquel entonces, los técnicos podían percibir el clima hostil en su contra, aunque algunos se divertían con las consignas pintadas en las calles. “‘Fuera cerdócratas del FMI’ era la frase que más me gustaba”, confesó uno de ellos años después de su paso por Buenos Aires. El duro intercambio de ideas prosiguió en Washington durante la asamblea de primavera del FMI y desde entonces José Luis Machinea no se movió de la capital de los Estados Unidos durante 25 días hasta agotar las discusiones, con un secreto absoluto que sólo se quebró la semana previa a la fecha prevista para anunciar el plan Austral. “Lo milagroso fue lograr que a Alfonsín no se le escapara nada antes”, recordó con una amplia sonrisa uno de los arquitectos de aquel ambicioso programa.

“Lo milagroso fue lograr que a Alfonsín no se le escapara nada antes”, recordó con una amplia sonrisa uno de los arquitectos de aquel ambicioso programa.

Las reacciones

El presidente del Banco Nacional de Desarrollo (Banade), Mario Brodersohn, se puso pálido cuando llegó al microcentro. Las calles de la city porteña estaban abarrotadas con gente que aguardaba con desesperación la apertura de los bancos luego de cuatro días sin actividad financiera, por el feriado de 48 horas y el fin de semana que precedieron al estreno del plan Austral.

“¡Qué cagada, se van a llevar toda la guita!” se lamentó Brodersohn mientras se acercaba a la sede del banco oficial.

Tres días antes de la fecha prevista, por una filtración periodística, el gobierno anunció el programa económico que le garantizaría un holgado triunfo frente al peronismo en las elecciones legislativas del 3 de noviembre con la inflación aparentemente domada.

Según el anuncio del 14 de junio de 1985, el peso argentino dejaba de existir para dar paso al “austral”; precios, tarifas y salarios quedaron congelados luego de un aumento cercano al 25% en promedio, mientras que el Estado se comprometió a no emitir más sin respaldo y un sistema de desagio (se repactaron las tasas de interés de las colocaciones a plazo fijo, basadas en una tasa de inflación del 30% por mes) permitió convertir a la nueva moneda los contratos expresados en pesos para romper con la inflación inercial previa.

Una semana antes, el FMI había difundido el acuerdo “falso”, que permitió acceder a un préstamo puente por USD 500 millones de los principales bancos internacionales.

El 28 de junio se conoció el segundo programa, con un ajuste más comprometedor, cuando un dólar cotizaba a 0,80 Austral. La inflación cayó del 30,5% en junio al 3,1% en agosto, 2% en septiembre.

El 28 de junio se conoció el segundo programa, con un ajuste más comprometedor, cuando un dólar cotizaba a 0,80 Austral. La inflación cayó del 30,5% en junio al 3,1% en agosto, 2% en septiembre y encontró su piso aquel año con un 1,9% en octubre. Un respetado premio Nobel de Economía, Franco Modigliani, calificó al nuevo plan como “un milagro”. Pero en aquella nerviosa jornada de reapertura de los bancos, Brodersohn ni siquiera podía imaginar estos rápidos y efímeros logros. Cuando comenzó a recorrer las largas filas de ahorristas para preguntarles si renovarían o no sus depósitos, comprendió que la mayoría pensaba dejar el dinero en sus cuentas. Eufórico, ingresó a la carrera al Banade y les ordenó a los mozos de la entidad oficial que repartieran café entre los cansados depositantes.

Brodersohn sentía el Austral como un hijo propio, tanto como Sourrouille y Machinea. Junto con el secretario de Coordinación Económica, Adolfo Canitrot, el cuarteto lideraba un equipo compacto, que no obviaba las discusiones profundas ni los insultos, aunque la última palabra quedaba en manos del ministro.

El grupo de confianza se completaba con Juan Sommer desde el Banco Central, Ricardo Carcioffi en Presupuesto, el asesor Roberto Frenkel como “la pata peronista” y Ramón da Bouza a cargo de la delicada tarea de registrar las deudas arrastradas desde la dictadura.

Diferencias entre Economía y el Banco Central

Como en otros períodos de la historia contemporánea, en aquel entonces el presidente del Banco Central también se enfrentó con el ministro de Economía. Secretario de Industria de Illia, fiel seguidor de Ricardo Balbín y socio de una financiera, Alfredo Concepción pensaba como un radical histórico y por lo tanto odiaba a aquellos “tecnócratas” del Palacio de Hacienda.

Por su parte, la conducción económica detestaba su excesiva flexibilidad para otorgar redescuentos, aunque sabía que debía tolerarlo como forma de compensar la salida de Bernardo Grinspun. El ministro recién pudo liberarse de Concepción 18 meses después de asumir, cuando la inflación ascendía al 8,8% mensual.

El año 1986 culminó con una suba del índice de precios minoristas del 81,9%, frente al 385,4% registrado el año anterior.

El 1986 culminó con una suba del índice de precios minoristas del 81,9%, frente al 385,4% registrado el año previo.

Sin embargo, la falta de medidas de ajuste y los aumentos concedidos a jubilados y a militares ya habían complicado el futuro del plan. “Aflojen muchachos, que ya me avisaron que no durmiera en casa y tuve que redoblar la custodia”, les rogaba Raúl Alfonsín a sus colaboradores del Ministerio de Economía para justificar el incremento en los sueldos de los uniformados. Los muchachos aflojaron y, a cambio, el presidente les entregó la cabeza de Concepción.

José Luis Machinea pasó a encabezar el Banco Central en agosto de 1986, cuando el austral ya estaba a USD 1,086, para intentar controlar las riendas de una política monetaria que estallaría en sus propias manos el 6 de febrero de 1989.

Con el alejamiento de Alfredo Concepción, Juan Sourrouille logró el manejo completo de la política económica del gobierno radical. Pero fuera de su alcance crecía el poder de un sindicalismo “combativo” -hasta la llegada del menemismo al poder- que realizó trece huelgas generales, un movimiento militar carapintada que se sublevó cuatro veces contra la democracia hasta obtener los indultos que buscaba y un justicialismo que colocó fuertes trabas a la acción oficial desde el Parlamento nacional.

En 1986 Sourrouille logró el manejo completo de la política económica del gobierno radical, pero fuera de su alcance crecía el poder de un sindicalismo que realizó 13 huelgas generales, de los carapintadas y de un PJ que colocó fuertes trabas desde el Parlamento.

El shock heterodoxo logró poner bajo control a los elementos coyunturales de la inflación, pero no logró eliminar sus componentes estructurales. El gobierno anunció en numerosas oportunidades privatizaciones que nunca se concretaron, como el plan Houston para el petróleo, concesiones de empresas petroquímicas y, durante la gestión de Rodolfo Terragno en Obras Públicas, las asociaciones de Scandinavian Air Lines con Aerolíneas Argentinas y de Telefónica de España con Entel.

Más aún, según un encumbrado integrante de aquel equipo económico, los gritos más fuertes contra la estrategia de Sourrouille surgieron de boca de los propios “correligionarios” y no de la oposición, tal como lo reflejó en primera persona Juan Carlos Torre en su libro “Diario de una temporada en el Quinto piso”.

El ajuste heterodoxo se encaminaba al fracaso y la hiperinflación de 1989 daría lugar al plan estructural de reformas y estabilización de Carlos Menem de 1991, que erradicó la inflación durante 10 años pero no eliminó los problemas subyacentes.

Décadas después, economistas y políticos se siguen preguntando qué causa la inflación y cómo combatirla, con cierta nostalgia por aquel intento de Raúl Alfonsín y Juan Sourrouille que empezó muy bien y, como otros planes, culminó de la peor manera, porque no hubo consenso para encarar la transformación del Estado.

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